Capítulo 1

Dicen que en las infidelidades son culpables los dos, el infiel y al que le han sido infiel.

Cuando creí que mi historia con los embarazos había quedado atrás y que solo era eso, historia, ahora resulta que mi esposa, la mujer que yo tanto amaba, una vez más estaba en  estado.

Cómo le hacía entender que el primer hijo se lo podía criar, cuidar y querer, pero que un segundo, no cabía dentro de  mis posibilidades, y es que por mucho amor que existiera en nuestra relación, todos tenemos un límite, y este era el mío, “Yo no puedo tener más hijos”, quería gritárselo en su cara, dejarle saber  que sabía su verdad.

Solo de  imaginármela compartiendo su amor con otro, me hacía cambiar el color rojo escarlata de mi sangre a verde monstruo. Juro que si la hubiese visto junto a él, no sé qué sería de mí en ese momento, o más bien de ellos. Hay quienes suelen llamarle efecto de los celos, y hasta podría ser utilizado en mi defensa en una corte –ira irracional- pero Dios sabe cómo hace sus cosas, y en vez de quitarle la madre a un hijo, le dio un padre, como quien dice, nunca los vi juntos haciendo nada indebido.

Una vez leí que los caminos del amor eran dolorosos, y yo le agregaría que además de dolorosos son tortuosos. Nunca antes había estado tan convencido de la veracidad de esa frase, como hasta cuando me dio la “buena nueva”. Llegaba del trabajo a finales del mes de agosto, un viernes por la tarde, el reloj ya pisaba las seis. La semana laboral se encontraba finalizada, sin más ni más, o mejor dicho como de costumbre, mucho trabajo, mucha responsabilidad y el mismo dinero. Al entrar al apartamento como ya había sido adiestrado previamente, me quité los zapatos en la puerta para no rayar el piso de madera marrón oscuro  que habíamos mandado a poner, después de ella convencerme que eso era lo que queríamos, muy costoso y muy lóbrego para lo que yo verdaderamente hubiese deseado. Cerré la puerta detrás de mí, y dejé mi morral encima del sofá. El niño no había llegado del colegio, di un recorrido con mi cabeza por toda la sala y noté el desorden característico, cojines en el piso, dos carros de carreras, pero fijé mi vista en uno de bombero en especial que nos volvía locos con su sirena que a todo momento hacía sonar, quise desaparecerlo, de verdad que me dieron muchas ganas,   pero mi maldad no daba para tanto. Medias tiradas del día anterior, y en el comedor las dos computadoras portátiles conectadas, como si de allí no nos hubiéramos despegado en todo el día.  A medio caminar iba apareciendo la silueta del cuerpo alámbrico semidesnudo y su carita de yo no mato una mosca, los ojos hinchados, indicio que había estado llorando, así que mi primera luz de alerta se encendió, diciéndome que algo no estaba  bien, el silencio de la casa era ensordecedor, solo el motor del aire acondicionado que quedaba en la parte de afuera del edificio ambientaba la tarde, el ronronear de aquel viejo motor se escuchaba con más fuerza cada minuto, como queriéndome advertir. ¿Hola como estas? Su pregunta no habitual, segunda alerta, nunca era tan fría al recibirme y menos un viernes, porque generalmente ya tenía el itinerario armado para todo el fin de semana, con alimentación incluida, un  día común y corriente habría sido: después de estar todos en casa, salíamos a cenar en el restaurante de preferencia de ella y acto seguido una película de cine, genero familiar, por la compañía del pequeño. Con la luz amarilla de mi indicador de peligro encendida proseguí a darle un beso, el cual respondió apartándome de su lado con sus cortos y delgados brazos, -¿qué perfume te echaste hoy? Es que no lo resisto-. Ja,  la luz roja, aquí hay gato encerrado, ¿dime qué pasa? Pregunté con mucha convicción,  porque ya era demasiado evidente la situación, con su rostro medio desencajado y pálido me negó  que algo estuviera sucediendo, algo particular en ella. El hecho de tener que sacarle las palabras con tirabuzón para descorchar botellas, hacía más irritante el momento. insistí y desviando la mirada me contestó con una voz seca, –tengo retraso– vaya, eso lo había notado desde hace rato,  porque muy normal ella no era, pensé en mis adentros, pero no espeté ni una palabra, ella entendió que yo no entendía,  repitió y aclaró –tengo un retraso de unas semanas en mi periodo-. ¡Ah bueno! Eso es diferente a lo que yo pensaba, pero es peor. Sentí como de repente una corriente recorría mi cuerpo y se apoderaba de él, reclamando posesión y bloqueándome  por completo el habla.

El silencio reinó por unos cuantos minutos, tartamudeando pude esgrimir lo que parecía una pregunta, ¿pe pe pero como así?, y para terminar de enterrar el puñal, agregó ella –y lo peor es que ya me realicé una prueba de orina, de las que venden en la farmacia y salió positiva-. Qué irónica la vida, que en este caso positivo en verdad significaba negativo para mí. Fue el broche de oro para el carrusel de sentimientos que se desencadenó, rabia de saber que ese hijo no era mío, tristeza por el pensamiento que de inmediato me abordó para ponerle remedio a aquella metida de pata de la mujer amada, y miedo por el solo hecho de poner en perspectiva el estilo de vida que tendríamos que llevar por criar otro hijo. Dentro de mi estómago sentía cómo el sándwich de atún que almorcé se encontraba en fila detrás de las papitas fritas y la Coca-Cola para ser devueltos por donde entraron, mi sudoración era profusa y fría, la salivación se tornó espesa y amarga, no pude aguantar más y fui víctima de los nervios, tuve que arrojar todo allí en el piso de madera que ella tanto cuidaba y tanto orgullo le causaba, y hasta bueno que lo cuidara con tanto recelo, porque bien caro si había sido.

Una semana después del bochornoso suceso en el condominio, me encontraba camino a un restaurante de comidas rápidas, cuando recibí la llamada de ella, con un tono de seguridad poco convincente. En todo momento mi pensamiento no se había apartado de aquellos dos colores cruzándose entre sí, en la prueba de embarazo para indicar que dentro de su barriga  se encontraba aquel pequeño ser poco deseado por mí.   –Que Dios me perdone por mis pensamientos, si es que puede.- Miles de preguntas y ninguna respuesta, si yo había sido muy condescendiente con el primero y habíamos quedado claro que no queríamos un segundo hijo, como había podido pasar aquel acto de descuido por parte de ella, ahora mismo mi preocupación más real era aquel embarazo,  pues de la infidelidad me encargaría en algún momento de mi vida.

En un amor puro tiene que existir el perdón en su vocabulario o dejaba de llamarse como tal, la verdad a su primer hijo lo adoro, pero con este no quedaba ninguna opción, no lo quiero y no lo querré, no es mío, me niego a seguir con mi papel de padre abnegado, además las muchas veces que abordamos el tema había quedado acordado que no mas, claro está por otros aspectos alejados de mi realidad, pero las reglas eran claras y eso nos hacía pertenecer al mismo equipo, nos colocaba en el mismo cuadrante de la ecuación; ni ella ni yo queríamos tener más embarazos y este surgió accidentalmente, la acción a seguir era más que obvia, interrumpirlo.  De solo pensarlo me revuelve de nuevo el estómago, pero teníamos que ser fuertes y tomar la decisión.

¡Alo! Contesté, sin saludarme siquiera pues la relación se encontraba pasando por un momento bastante tenso, una vez más era probada con fuego, prosiguió con su argumento, -sabes que no estaba en nuestros planes el tener otro hijo- decía ella, en mis pensamientos todo estaba tomando forma, la decisión por más dura que fuera nos tocaba incurrir en ella, nuestra economía estaba bastante resquebrajada y eso era la principal fuerza de apoyo que nos acompañaba para no seguir con el asunto, mis respuestas a sus palabras eran seguidas con monosílabos, ya que en ese momento me encontraba realizando la fila para ordenar mi almuerzo y no quería que nadie se enterara de lo que hablaba, uno tras otro se acercaban al cajero con su pedido, a lo lejos se escuchaba, -dame un numero uno con Coca-Cola-,  mientras ella se extendía en su retórica yo pensaba en lo que comería, el hambre era mi factor predominante en ese momento, -un número tres con queso y sin cebollas- se seguía escuchando, la fila se aminoraba y mi turno de pedir estaba cada vez más cercano, ya mi estómago lo tenía claro, un sándwich de pescado y en vez de papitas fritas, una papa asada con mantequilla, sal y pimienta. Pasaba una persona más y coronaba, el cajero me llamó para poder tomar mi orden, detrás de mí, haciendo la misma fila que yo hice, la cantidad de personas llegaban a unas diez, cada una de ellas atentas a su llamado y a mi llamada, mi vocabulario se extendió ya para darle final a aquella conversación, -sí, tú tienes razón y sabes que te amo, pero es lo más conveniente,- y todo lo que yo había pensado se fue a la mierda, cuando escuche el final de lo que ella decía, –que bueno que también quieras tenerlo-, ¡hay jueputa! El hambre se me quitó de un tajo,  me salí de la fila, caminé al parqueadero, abrí la puerta de mi carro y me senté para poder asimilar lo que ella me acababa de decir, la interrumpí diciéndole que yo quería todo lo contrario y que la verdad, yo creía que de lo que ella me había estado hablando en todo este momento era de sacárselo, con un grito seco, me mando a la mierda, prosiguió con su letanía de aceptación, en la cual incluía a mi abuela, madre, hermana y cuanto personaje encontrara en su memoria, –eso que me acabas de proponer se le dice a una mocita  que tengas en la calle, o a una noviecita en tu adolescencia, haciendo alusión a lo que algún día le conté, pero no a mí que soy tu esposa. De verdad creí que teníamos una relación estable-, y la perorata se extendió por lo que me quedaba de mi tiempo de almuerzo. En ese momento sentí cómo mi mundo enloquecía o ella me lo hacía más loco de lo que ya era.

Terminé mi jornada laboral con un dolor de cabeza de los mil demonios, insoportable por el común de los seres humanos, pero como yo era un animal, por eso fui capaz de aguantarlo, un animal por decir que no podíamos tener ese hijo, un animal por confundir lo que ella trataba de decirme y un animal por no destapar la olla podrida y dejar que la verdad fuera expuesta.                         

Muy aparte de lo maltratada que estaba mi hombría, lo que en realidad me preocupaba era cómo sostener un hogar con dos hijos en estos tiempos de crisis económica, ya que no solo me bastaba con vivirla en casa, también la leía en los periódicos y por la televisión,  cada hora en los boletines informativos la primera noticia presentada era la falta de dinero a nivel mundial. Nuestra economía personal no se encontraba en sus mejores momentos y verdaderamente el panorama no era alentador en lo absoluto. Los ingresos de ella habían sido reducidos a dos días por semanas, pues la compañía donde ella trabajaba se encontraba en reestructuración y eso no significaba otra cosa que despidos. Mi trabajo no era el mismo que cuando el primer hijo, por aquello de la crisis, me vi en la necesidad de encontrar un trabajo de ocho horas diarias y ganando lo que antes me hacía en dos horas, y para colmo de males me encontraba en periodo de prueba, eso en el aspecto económico, ni hablar del trabajo y la responsabilidad que trae un recién nacido, pues no contábamos con ninguna ayuda para esos menesteres, solo sus amigas, que bien buena gente si eran al regalarle de todo.

Al llegar a casa no pudo ser peor, el tira y afloje, de tú me dijiste y yo te dije, ella que sí y yo que no, algo que percibí en su manera de sostener el sí, fue el tono de inseguridad, ósea un sí con cara de no, ella misma se encontraba librando una batalla interna entre su lado objetivo y realista contra su moral y el mundo surrealista en el que insiste en ser parte, mientras que cada punto expuesto de mi parte era cada vez más sólido, ella cada minuto que hablaba se quedaba más sin argumentos, lo único que pudo sacar a relucir fue la bandera del amor, que con amor podríamos hacerlo, a lo que mi respuesta fue: –que por amor era que no quería proseguir, por el estilo de vida que llevaríamos de ahora en adelante-, mi tesis fue siempre basada en lo económico, mi verdadera razón seguía siendo oculta, y la guardaría hasta el final de mi vida, ella nunca sabrá de mi boca que no podría tener hijos y si lo supiera seria el día de mi muerte.

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Autor: anibalanaya

Barranquillero, licenciado en administración de empresas, escritor y presentador del programa cultural “Socializando con Anibal” transmitido por la emisora digital currambaestereo.com viernes 7:00pm hora de Miami.

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